Soy de la generación en que había que ser técnico para acceder a la ‘computación’: las pantallas negras con luces de un solo color –verde o naranja–, los floppy disks flexibles, el sistema operativo DOS y la lucha de múltiples marcas por tener presencia en un mercado naciente, diverso y atomizado. Tras varios intentos por migrar del ámbito analógico al digital, me rendí. “No soy de este tiempo”, me dije. Y estaba condenado a ver pasar el tren de la era digital desde la estación. Fue entonces cuando conocí a la Mac. Un pequeño cubito que sonreía al despertar. Un escritorio ordenado y amigable que, con instrucciones activadas por el único botón de un artefacto mágico que cabía en mi mano –el hoy conocidísimo mouse– respondía a los deseos de mi mente. Era el Macintosh Classic, con pantalla pequeñita y monocromática, pero con un interfaz gráfico muy bien cuidado. Con una disquetera en la que se cargaba el sistema operativo que cada estudiante de mi universidad adquiría, por un precio razonable, en la librería universitaria. Que exigía la compra de otra disquetera para poder arrancar otra aplicación, tras la espera de 45 minutos. No existían los discos duros.

Mi primera Mac me costó solo 1300 dólares, por ser de segunda mano: la Power Macintosh 8100/80. Tenía un procesador de 80 MHz y un disco duro de ¡80 megas! Y mi relación personal con el aparato llegó al extremo de no venderla, aun cuando se volvió obsoleta a causa de la innovación.

Fue así como –gracias a la visión de futuro del extraordinario personaje que acaba de fallecer, Steve Jobs– el computador se fue convirtiendo no solo en una herramienta de trabajo y diversión, sino en un verdadero nuevo modo de percibir el mundo, acceder al conocimiento y vivir mi cotidianidad. Jamás habría imaginado en ese entonces que mi actividad profesional y laboral entera giraría, en pocos años más, alrededor de esas nuevas competencias que estaba yo adquiriendo.

El éxito financiero de Apple no es otra cosa que la cosecha de una apuesta riesgosa y audaz, liderada por un hombre de esos que no nacen todas las décadas. Y es que el impacto de las decisiones de sus directivos y el riguroso control de la calidad de sus productos provoca en los clientes de la manzana no solo satisfacción. La sensación de recompensa que uno obtiene al consumir o utilizar un producto Apple –y ver transformada su vida– genera una suerte de compromiso cuasi religioso. La fidelidad se convierte en apostolado y el testimonio, en evangelización.

No ha muerto un empresario, un visionario o un multimillonario. Ha muerto el líder espiritual de una nueva cultura a la que, cada vez más personas, se convierten. Paz en su tumba.