El hipertexto, esencia de la Web, solía entenderse como un artilugio técnico que teletransportaba al usuario de una página web hacia otra a través del lenguaje de marcas desarrollado para el efecto (HTML).

Con la popularización de la Red, esta caminata virtual recorrida a través de sucesivos clics empezó a ser una tarea “a campo traviesa”, en la que el navegante –con sombrero de ala ancha y machete en mano– iba explorando la telaraña al libre albedrío de su propio interés, curiosidad o capricho.

A algún iluminado se le ocurrió entonces la maravillosa idea de que se podrían crear grandes portones con múltiples enlaces desde los cuales guiar la travesía de los internautas, con el fin de que el puerto desde el cual zarpar siempre fuera el mismo. Los portales horizontales tuvieron su auge en los años noventa y pretendían capturar en una sola plana –ruidosa y difícil de captar de un solo vistazo– la atención y el interés del usuario.

El negocio terminó en la década pasada con el advenimiento de Google. Desde entonces, cientos de navegantes se hacen a la mar desde la blanca e inexpresiva página del buscador, hoy una multimillonaria compañía que acapara seguidores a través de sus diversas aplicaciones y productos. Aunque el algoritmo de popularidad de Google incorpora la recomendación social, los usuarios todavía partimos solitarios hacia el océano ciberespacial.

De un tiempo a esta parte, sin embargo, la inteligencia colectiva y la recomendación de otros son el punto de origen de nuestro recorrido vagabundo por la Web. Si bien la búsqueda persiste como un motivo para arrancar el viaje, encuentro que la conversación global –instrumentada a través de los medios y las redes sociales– son, hoy por hoy, el punto de arranque de la rauda carrera por la exploración del universo digital. Un enlace en el blog que frecuento o al que me suscribo, un vínculo compartido en Twitter o en LinkedIn, un video en YouTube que me lanza a otros relacionados o un simple correo electrónico, son algunos ejemplos de cómo mi atención arranca ese frenético e interminable navegar que, hoy por hoy, ya no significa un camino tan propio y personal, sino cada vez más compartido y colectivo. Es como si la propia red tejida a partir de mis contactos y mi propia práctica social en la web me arrastrara hacia los confines de los predios de una inteligencia superior que supera mi voluntad y me desconecta de lo quieto, lo estable, lo duradero. Hoy no tengo links. Ojalá que en esta isla desierta algún marinero fatigado detenga por un instante la loca carrera de su eterno navegar.

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